dixit | "Caída y auge de Reginald Perrin" (BBC)

Calcetines mojados

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"El mundo es absurdo, disparatado y sombrío. Vale, pero también es un lugar donde vale la pena vivir."

Leer la prensa se ha convertido en un deporte de riesgo. De un tiempo a esta parte cada vez que abro el diario una noticia manda al carajo mi fe en la humanidad. Un ejemplo: “Vende un testículo en directo para comprarse un coche“. Otro: “Un británico se pone pechos por una apuesta, y ahora no puede vivir sin ellos” -la noticia incluye además una fotografía, que me abstengo de describir para no herir sensibilidades, acompañada de una edificante reflexión del simpático señor Zembic: “sin ellas mis pezones parecerían calcetines mojados y eso es lo que más miedo me da“. ¡Calcetines mojados! ¿Qué os parece? Pues aún hay más: “Una mujer reclama a su ex marido que le devuelva el riñón que le donó”. ¿Y qué tal ésta otra? “Intenta suicidarse tirándose a una jaula de tigres y estos lo ignoran”. O esta: “Irán expulsa a cuatro jugadoras de su selección nacional de fútbol por ser hombres”. Y para acabar, una de mis favoritas: “una inglesa comienza a hablar con acento chino después de sufrir una fuerte migraña”. Admitámoslo: esto se parece cada día más al absurdo, disparatado y sombrío mundo de Reginald Perrin.

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“Reginald Perrin, un sujeto con el atractivo sexual de una maceta, vestido de traje oscuro, maletín, paraguas y bombín, en la Inglaterra de los setenta, la Inglaterra pre-Thatcher”

¿Quién es Reginald Perrin? La atribulada historia de nuestro héroe arranca cuando David Nobbs publica Caída y auge de Reginald Perrin en 1975. Nobbs se gana la vida de guionista, es hincha del Hereford United, y su producción literaria se limita a una novela que el Daily Telegraph ha despachado diciendo de ella que “presumiblemente, se trata de una historia graciosa”. Nada hace suponer que Nobbs dejará de pasar las tardes en el pub de su barrio, y sin embargo Caída y auge de Reginald Perrin se convierte en un éxito sin precedentes al que seguirán las secuelas El regreso de Reginald Perrin, The Better World of Reginald Perrin y una sitcom producida por la BBC. Imaginad ahora un ejecutivo casado y con dos hijos. Olvidaos del testosterónico Don Draper de Mad Men, y poner en su lugar un sujeto con el atractivo sexual de una maceta, vestido de traje oscuro, maletín, paraguas y bombín, en la Inglaterra de los setenta, la Inglaterra pre-Thatcher, cuando sus sufridos habitantes aún no habían adoptado el sistema métrico. ¿Lo tenéis? Entonces, dejadme hacer las presentaciones. Con todos vosotros: Reginald Iolanthe Perrin. Para los amigos, y de ahora en adelante. R.I.P.

Nuestro amigo Reginald está harto. De todo y todos. Su hartazgo vital alcanza proporciones siderales. Es un kraken hambriento devorándolo todo. Un reguero de agua turbia desapareciendo por el sumidero. R.I.P está harto de su trabajo. De las miserias laborales de sus compañeros de oficina. De la estupidez supina de su jefe. Está harto de las visitas dominicales a su suegra, de los sablazos de su cuñado, de la educación que están dando a sus nietos el cretino de su yerno y su hija. Nuestro colega R.I.P está, en definitiva, hasta los bemoles de su vida gris, anodina y tan aburrida como un pastel de carne. Tiene 46 años y siente que está a punto de perder el último tren. Que debe hacer algo antes de que sea tarde. Si estuviera entre nosotros podría contratar a un coaching para sobrellevar su hastío vital con un montón de papanatadas. O podría comprarse una Harley y escaparse los fines de semana, creyendo que tiene aún veinte años. O ya puestos, dejarse barba, desplazarse por la ciudad en long-board, y flipar con las películas de Wes Anderson, aunque sea algo viejuno para dárselas de hipster. En lugar de todo eso, como R.I.P es convencional pero no tiene un pelo de tonto, se le ocurre una pirueta vital que dará lugar a una historia llena de enredos, equívocos constantes y desopilantes sorpresas que descoyuntan las mandíbulas del más sieso.

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“Sátira, autoflagelación, toneladas de mala leche, todo contado con un tono que oscila entre la mofa sofisticada de los Monty Phyton, y la astracanada mordaz de Little Britain”

Porque Caída y auge de Reginald Perrin es divertida. No en el sentido de “ayer vi un episodio de Modern Family y fue muy divertido”. El humor es una cosa muy seria y yo estoy hablando de esa clase de diversión que destila el humor inglés, lo que significa que hay sátira, autoflagelación, toneladas de mala leche – y gracias al talentazo de Nobbs – todo contado con un tono que oscila entre la mofa sofisticada de los Monty Phyton, y la astracanada mordaz de Little Britain. Nobbs fustiga sin piedad a sus personajes, es verdad, aunque también los trata con ternura y lo que resulta más difícil: provoca en el espectador una inevitable corriente de empatía hacia ellos, algo sólo al alcance de los maestros. El mundo es absurdo, disparatado y sombrío. Vale, pero también es un lugar donde vale la pena vivir.

Por todos estos motivos, cuando la lectura de la prensa manda al carajo mi fe en la humanidad, busco en el armario mi traje de neopreno, buceo entre los libros, DVD y discos que acumulan polvo en la estantería, y me regalo una tarde con el bueno de R.I.P. Sé que pasado un rato, desaparecerá de mi jeta la expresión de mono cabreado, un profundo sentimiento de paz se apoderará de mi espíritu y acabaré reconciliándome con esa especie animal de la que formo parte, aunque sea capaz de vender un testículo en televisión para comprarse un coche, o ponerse pechos por una apuesta y no poder vivir luego sin ellos porque sus pezones parecería calcetines mojados. ¡Calcetines mojados! ¡Ahggggg!


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