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El final de los chungos

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Los detectives de la televisión americana Madigan, Cannon, Shaft, Colombo... llegaron a España en los años setenta, cuando el final de una larga dictadura convivía con el ascenso inaudito de la delincuencia callejera organizada.

En 1974 y por razones que no vienen al caso, mi madre me metió a trabajar en un banco. Quince días después de cumplir los 14 años ya estaba afiliado a la Seguridad Social y mi futuro se asociaba a cientos de jóvenes que deambulábamos uniformados de botones por las ciudades españolas. Nuestros puntos de encuentro eran los futbolines, billares y ni los taxistas sabían más cosas sobre lo que pasaba en las calles que nosotros. Teníamos toda la información, incluso la más secreta –la del dinero–, y conocíamos cómo funcionaba el comercio, las industrias, los ahorros y las familias, pero también la prostitución o el escaso tráfico de drogas. La parte negativa, a parte del aburrimiento sepulcral, fueron los atracos. En los años setenta, los bancos sufrieron los robos de las organizaciones políticas de la extrema izquierda, de los exiliados que venían de Sudamérica –especialmente de Argentina y Uruguay– y, finalmente, de los quinquis, inmensa tribu urbana que poblaba el extrarradio de las ciudades, víctimas del barraquismo vertical de los bloques, de una formación académica testimonial y, por qué no decirlo, de las modas que encumbraron la rumba pop y películas como Perros callejeros y todas sus secuelas.

Para frenar el alud de atracos y todavía sin empresas de seguridad privadas, los bancos contrataban policías camuflados, que sumaban a sus ingresos esta colaboración en sus horas libres, y que se conocían con el sobrenombre del “chusco” o “chusquete”. Los empleados de entonces acogimos la irrupción de los policías con sentimientos encontrados. Por un lado con reticencias porque todos estábamos afiliados a los sindicatos ilegales. Por otro, con un cierto alivio porque pensábamos que disuadirían a los pistoleros. Todo fue en falso, porque abundaron los tiroteos, los muertos –por las tres partes: manguis, policías y empleados– y los protocolos se convirtieron en una constante: cajeros, interventores y apoderados que se meaban porque no atinaban con las claves para abrir las cajas fuertes, botones de seguridad secretos que provocaron encontronazos y los cebos con dinero marcado para identificarlo en caso que los delincuentes fueran detenidos.

A todos aquellos policías del chusco los identificamos con los de las series de la época. Recuerdo un malagueño dulce, pero con mala leche, al que denominamos Madigan. A un cordobés de acento cerrado andaluz y tirando a gordito le cayó el apodo de Cannon. Un tercero, enjuto y desastrado, se llevó el apelativo evidente de Colombo. De los tres, el segundo perdió la vida en una de aquellas reyertas desesperadas. Poco tenía que ver nuestro Madigan con el Richard Widmark, adusto, duro y solitario, que entró en nuestra única pantalla en 1973 después de ser estrenada en la NBC americana un año antes. Madigan provenía del rudo film de Don Siegel Brigada homicida y Widmark –una gran estrella en los años sesenta, protagonista de La conquista del oeste se lo hizo suyo imprimiendo a la personalidad torturada de un detective de comisaría de Nueva York una espartana existencia. Sus saltos por los barrios deprimidos de la ciudad poco tenían que ver con Shaft, la serie inspirada en la película Las noches rojas de Harlem, también de 1973, a pesar que se estrenó en TVE en 1976. Tanto Dan Madigan como el negro John Shaft corrían, perseguían delincuentes por callejones, saltaban verjas metálicas, disparaban y repartían hostias a todas clase de asesinos y traficantes de drogas. No había lectura política ni interpretación sociológica. Los chungos eran un peligro y debían eliminarlos lo antes posible. El soul psicodélico de Shaft se convirtió en una de las melodías de esos años extraños.

Otras series policíacas de relumbrón fueron El caballero azul, (estrenada en los Estados Unidos en 1975 y proyectada en España un año después, con la estrella William Holden, que cedió el protagonismo a un convincente George Kennedy) o la sensacional Las calles de San Francisco (1972, en TVE en 1974), que tenía como protagonistas una pareja antológica: Karl Malden en el papel del teniente Frank Stone y un incipiente Michael Douglas como inspector Steve Keller. Maestro y discípulo iban y venían por las empinadas calles de la ciudad californiana, con sus cambios de rasante y los coches largos que prescindían de la crisis de carburantes. Un veterano detective con 25 años de servicio enseñaba a un licenciado universitario. Contrastes que convencieron la audiencia durante casi un lustro hasta que Douglas decidió continuar su meteórica ascensión.

Un caso diferente fue el de Cannon, que en 1972 llegó a TVE un año después de su estreno americano. Calvo, bigotudo y con bastantes quilos de más, William Conrad hacía el papel de Frank Cannon, un detective privado que había abandonado la policía. Con protagonista único, Cannon se paseaba por las calles de Los Ángeles con su descapotable Continental, que para mantenerlo ahora necesitaríamos doblar la hipoteca. La violencia, los puños y las pistolas quedaban en un segundo plano ante la sagacidad de un sabueso, que cedía el esfuerzo físico ante la inteligencia. William Conrad no era una estrella como Widmark, Holden, Douglas y Malden, pero se puso al público en el bolsillo, quizá por ser un precedente de sibaritas célebres como Pepe Carvalho y el peculiar Ferran Adrià. Cannon alternó protagonismo con otro as en la resolución de casos complicados, el teniente Colombo, protagonizado por Peter Falk, con sus gabardinas viejas, su coche, carne de mecánico, y sus dudas permanentes hasta atrapar a un sospechoso, normalmente de buena posición social, al que incordiaba mientras metódicamente le iba haciendo perder la paciencia. Más que un sabueso, se trataba de un gato jugando con un ratón. El rompecabezas acababa habitualmente con su rival en los duelos esposado, fuese señorito o señorita.

Los setenta fueron unos años de cambio que no agotaremos con esta primera aproximación a sus series de detectives, que prometemos volver a utilizar, ni que sea para acercarnos a McCloud, los horteras de Starsky y Hutch y Los hombres de Harrelson, que la población identificó con los primeros antidisturbios que aparecieron en el país, es decir, se convirtieron en metonimia. Para los que crecimos en los sesenta con las series del oeste, los policías urbanos fueron un cambio cualitativo. Además nos instalaron en la realidad de una dictadura que espiraba.

Pero como decía el sargento de la comisaria a sus patrulleros en cada episodio de Canción triste de Hill Street: “Cuídense ahí fuera”. Eran otros tiempos, decía la canción…


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