dixit | 'Halt and Catch Fire': Welcome to the machine

Give a little byte

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Años 80. Estados Unidos. La carrera informática enfrenta a monstruos como Apple, IBM y Compaq en una lucha por la hegemonía del byte. La tercera temporada de 'Halt and Catch Fire' llega a España. Asistimos al nacimiento de una serie de culto.

Cuando incluso el título de una serie es en clave pero apenas lo advertimos ni nos importa, es que se están haciendo bien las cosas. Vamos a intentar explicar su origen, aunque los que no pasamos del Control+Alt+Suprimir corramos el riesgo de patinar. “Halt and catch fire” es una instrucción del código máquina según la cual el procesador central de un ordenador deja de cumplir la mayoría de sus funciones. Parar y prender fuego. Es la política de tierra quemada aplicada a la ingeniería informática, el reset aplicado en su forma más brutal cuando nada más funciona. Porque los ordenadores también pueden rehacer su BIOS. Del mismo modo que una serie, para mantener el interés, debe recomponer su punto de partida en cada nuevo inicio. Eso es lo que ha conseguido con nota Halt and catch fire en sus tres primeras temporadas. Lo cantaba Pink Floyd: “Welcome to the machine”.

La tentación de etiquetarla como la Mad Men de la informática es demasiado evidente, ni que sea por llevar el mismo sello de calidad AMC, pero es mucho más. Es una de las mejores series actuales en emisión. Para el año que viene queda la cuarta y definitiva temporada, de nuevo 10 episodios, una conclusión digna para una producción que no ha llegado a tener unas audiencias descollantes pero se ha ganado el prestigio cocido a fuego lento. Por encima de todo, Halt and catch fire tiene una galería de personajes perfectamente dibujados, complejos y humanos (una cosa comporta la otra, venimos así de fábrica), en reset permanente. Y ya se sabe, aunque parezca una perogrullada más de Paulo Coelho, que los resets emocionales se pagan con sangre, dolor y lágrimas. Llegamos a penetrar de tal manera en sus motivaciones que nos da igual no entender algunas de las conversaciones técnicas, igual que muchos pasaron por alto la jerga médica del doctor House.

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La serie nos sitúa a inicios de los años 80, en un momento de expansión de las posibilidades de la informática. La modesta empresa Cardiff Electric, situada en el área tejana de Silicon Prairie, es empujada por un ejecutivo agresivo, antiguo empleado de IBM, a diseñar el primer ordenador portátil de la historia valiéndose de la ingeniería inversa, o sea, estudiando productos de la competencia para entender cómo están hechos. Los límites legales son negociables. Joe MacMillan (Lee Pace, el elfo con las cejas más pobladas de El Hobbit, esa trilogía que se sacó de la manga Peter Jackson) es un ejecutivo que pretende esparcir por Dallas la buena nueva “yuppie”. ¿Y su pasado? No se sabe ni se contesta. A lo largo de la trama descubrimos el lado oscuro del triunfador, los traumas y las represiones que nunca acaban de asomar entre las costuras de un traje aparentemente hecho a medida.

Los dos cómplices en la aventura de MacMillan serán el ingeniero Gordon Clark (Scoot McNairy, visto en films relativamente a contracorriente como Mátalos suavemente o Frank), una mente brillante protagonista de algún batacazo incontestable, y la programadora Cameron Howe (Mackenzie Davis, de la que seguiremos hablando más tarde). Ya que jugar una mano con un trío siempre es arriesgado, se les añade Donna Clark (Kerri Bishé, que repite matrimonio con McNairy después de Argo), otra mujer dispuesta a reclamar su posición en una industria patriarcal. El repóquer lo completa John Bosworth (Toby Huss), hombre de negocios, vicepresidente de Cardiff, forjado en la escuela de charlatanes que lo mismo te vende un coche de segunda mano que las acciones en una empresa emergente de tecnología (sí, de acuerdo, una start-up, para que nos entiendan los binarios de la sala).

En este desigual club de los cinco se establecen diversas alianzas y traiciones, conectadas en un circuito imposible de desentrañar desmontando ninguna carcasa (Hannibal Lecter lo intentó en Florencia y así le fue…). Se nos plantea el precio de ser fiel a un sueño, de perseguir la consecución de un proyecto pionero como si te fuera la vida en ello. En algunos momentos presididos por el desconcierto y una cierta anarquía, el equipo B de Cardiff Electric recuerda la génesis de un grupo de rock, con Joe MacMillan oficiando el papel de manager decidido a chupar mucho micro. Asistimos a los nervios, al entusiasmo, a la excitación de combatir a empresas gigantes con un nuevo ordenador bautizado justamente como Giant, pero también al poso amargo que suele dejar la experiencia de compartir aventuras empresariales con familia, amigos y amados. Más aún cuando a varios de los emprendedores les cuesta lidiar con los sentimientos que no se dejan encapsular en ceros y unos.

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Dejando de lado los crecientes prejuicios contra la nostalgia, una de las mayores bazas de Halt and catch fire es su ambientación ochentera, siempre agradecida cuando se acomete desde el pulcro respeto histórico, que no todo eran hombreras y bolas de espejos por aquel entonces. Sólo por eso ya la podemos relacionar con otra de las series de culto actuales, The Americans (serie que tituló un capítulo de su segunda temporada con un profético “ARPANET”). En el caso de la trama informática de AMC, destaca especialmente una banda sonora exquisita que huye de lo previsible: Dinosaur Jr., Bad Religion, New Model Army, Echo and the Bunnymen, Siouxsie and The Banshees, Cocteau Twins… Más allá de los éxitos discotequeros pop, carne de recopilatorio nostálgico, incluye temas cercanos al punk y a la new wave, que han marcado la evolución de la rebelde Cameron Howe. A medida que la programadora misántropa se ha ido alejando de los extremos más agresivos, en la vida y en sus auriculares, la música ha ido modulando en paralelo su discurso. Si las listas de Spotify hubieran existido en la época en que Cameron invertía todo su tiempo en crear el lenguaje de un nuevo ordenador le hubiera estallado la placa base del cerebro.

La serie creada por Christopher Cantwell y Christopher C. Rogers ha esquivado hábilmente el ensimismamiento, la sensación de tantas otras series que arrancan por todo lo alto y se quedan encalladas en su renovación. En buena parte se debe a unos guiones que han sabido desplazar sutilmente el centro de gravedad en diferentes direcciones. No sólo por los puntuales traslados de empresa o de base de operaciones. Entre la primera temporada y el resto tiene lugar un recambio de macguffin, sustituyendo el desarrollo inicial de “hardware” por las nuevas aplicaciones de “software”, con la posible irrupción de algo llamado Internet en el horizonte, que coincide con una mayor relevancia de las dos mujeres. La tensión creativa que se establece entre Cameron y Donna es uno de los motores de la serie. No conviene desvelar mucho más; mejor que el espectador virgen vaya descubriendo por sí mismo lo que pueden dar de sí (industrial pero también dramatúrgicamente) el ordenador Giant, la comunidad Mutiny, la empresa Swap Meet o el videojuego Space Bike. Al buen tono que mantiene la serie, con algún bajón esporádico en la primera mitad de esta tercera temporada, ha contribuido sin duda una brillante nómina de directores. Entre ellos, el argentino Juan José Campanella, encargado de los dos capítulos iniciales o de la primera season finale, Kimberly Peirce, conocida por su film de debut Boys don’t cry, o Karyn Kusama, ganadora del Festival de Sitges 2015 con la perturbadora The invitation (otro ejemplo de tensión bien dosificada, la demostración que un ritmo pausado no va reñido con la ebullición constante de un drama a punto de estallar, siempre más efectivo si lo hace en un arrebato).

“En esta serie las matemáticas son un refugio para personas inadaptadas, aisladas en su porción de soledad al otro lado del ruidoso módem”

Si bien son inevitables las comparaciones del tándem Joe MacMillan-Gordon Clark con ese que encabezó los años dorados de Apple, Steve Wozniak y Steve Jobs, así como ciertas reminiscencias en la odisea de Cardiff Electric de la cruzada real emprendida en aquellos años por la empresa Compaq, Halt and catch fire no pretende sentar cátedra sobre la evolución histórica de la informática de consumo. Quiere apelar a nuestro corazón, no le interesa tanto nuestra mente, siempre tan cartesiana (manera elegante de referirnos a nuestra tozudez endémica). En esta serie las matemáticas son un refugio para personas inadaptadas, aisladas en su porción de soledad al otro lado del ruidoso módem. Resulta conmovedor ser testigos desde el siglo XXI de los esfuerzos de unos hombres y mujeres brillantes por dejar su nombre inscrito en píxeles en un futuro que ya está aquí. En algún momento Cameron llega a una conclusión desoladora, más desde la clarividencia que desde la nostalgia anticipatoria: al final, el futuro es una versión más cutre del presente.

La mirada perpleja de la actriz Mackenzie Davis condensa muchas de las virtudes de esta producción. Se trata de un talento en alza, ahora mismo a las órdenes de Dennis Villeneuve en Blade Runner 2049, secuela tan temida como esperada (después de haber visto esa maravilla que es La llamada, “in Villeneuve we trust”). Muchos han descubierto recientemente a Davis gracias a San Junípero, el capítulo más comentado de la última tanda de Black Mirror. En esa fábula hipertecnológica suena de coda final el “Heaven is a place on Earth” de Belinda Carlisle (jamás lo volveremos a oír del mismo modo), mientras que la segunda temporada de Halt and catch fire se cierra con el capítulo titulado “Heaven is a place” (a partir de la canción de Talking Heads “Heaven”). ¿Casualidad? ¿Conexión cósmica en el universo binario? Sea cuál sea nuestro lugar en el mundo, tocar el cielo es un deseo que debemos mantener siempre en funcionamiento.


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