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Juego de Tronos IV: traición, muerte y magia

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Los 10 mejores momentos de la cuarta temporada de "Juego de Tronos"

1. La metamorfosis de Arya Stark

Ya era hora. Arya ha visto a su padre decapitado, a su hermano Rob empalado con un huargo, a su madre degollada, a Sansa atada a un psicópata compulsivo con corona y a sus hermanos pequeños quemados y colgados. Después de tanta muerte y desgracia, la pequeña lady de los Stark da un paso al frente y cambia las aventuras infantiles por una adolescencia cruda y sangrienta.

Desde su adiestramiento espadachín junto a Syrio Forel ya se intuía que Arya no sería una ingenua damisela de la corte sino un adversario temible. Algo así como una Brienne de Tarth adolescente y norteña y con un poco más de sentido del humor. La nueva Arya no tiembla al tener que blandir su espada, aunque sustituya la brutalidad del perro por un uso y fin más ético. Su progresiva metamorfosis al lado de Sandor Clegane es una de las mejores noticias de esta temporada. Valar Morghulis.

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2. La muerte nunca fue tan celebrada

¿Quién mató a Joffrey Baratheon? ¿Fue el pastel o el vino? Aunque pueda parecer una partida del Cluedo a nadie le interesan esas preguntas. La muerte en Juego de Tronos siempre nos ha sobrecogido, quitado el aliento e indignado, pero no esta vez. El plano final del segundo capítulo es para enmarcar (sí, literalmente). Los ojos fríos inyectados en sangre, los ríos rojos que descienden de la nariz del rey loco y su carne hinchada y morada. La sorpesa y justicia poética del momento desató la alegría desenfrenada de millones de espectadores que gozaron de otra boda roja, pero con un tono más festivo. El baby boom dentro de nueve meses justificará esta teoria. Darth Vader tuvo un final digno y redentor. Incluso Sauron tenía más amigos. Pero Joffrey era un malo malísimo tan perturbado que era imposible empatizar con él. Sólo Cersei llorará su muerte.

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3. El triunfal regreso de Lord Baelish

Lo bueno se hace esperar. Los susurros y sigilosos movimientos de Petyr Baelish en Desembarco del Rey se echaban de menos desde que se fue a vivir en el Nido de Águilas. Tras esa imagen de proxeneta con pintas de moderno, hay un hombre astuto y sagaz, experto en las intrigas palaciegas y con una ambición de poder insaciable. Meñique es un conspirador en la sombra, un estratega del reino con mentalidad maquiavélica, algo así como el Frank Underwood de Westeros. Pero aún enamorado de la difunta Catelyn Stark. Quizás por eso no duda en rescatar a Sansa cuando el rey Joffrey es asesinado. Pero cuidado, detrás de sus pasos siempre hay algún motivo, aunque sea despistar y confundir al rival.

4. La magia, de la mano de Bran Stark

Ya en la anterior temporada supimos que el lisiado de los Stark tenia poderes de warg y podía conectarse mentalmente con animales, así como podía intentarse (aunque Jojen Reed lo desaconseja, y si Jojen Reed lo desaconseja será por algo) con humanos. Hasta ahora hemos visto poca magia así que cualquier pinzelada es bienvenida. Quizá Bran no pueda andar, pero tiene algo mucho más valuoso. La conexión mental que establece su cargador es espectacular y nos permite ver a un Hodor sangriento y temible, más allá de un gigante discapacitado a las órdenes de un joven lord. Además, su odisea por el norte nos abre las puertas a mundos tan inquietantes como desconocidos.

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5. El juicio a Tyrion Lannister

Lo único que faltaba por ver en Juego de Tronos. Después de tres capítulos casi sin ver al enano más famoso de la televisión, el juicio a Tyrion Lannister, y su consecuente vuelta al primer plano, es una nueva dosis de emoción en el hiperactivo tablero estratégico que es Westeros. Ese juicio rescata la aura tensa y llena de injusticias del cine de tribunales –despertando en nuestra mente mitos como JFK o Testigo de Cargo– y da un toque civilizado a este mundo de barbarie.

En medio de tanta burocracia, el juicio delata las falsas apariencias y las traiciones de la corte. Además logra unir todos los ingredientes explosivos en un único cóctel: el pragmatismo de Tywin, la crueldad de Cersei, la misericordia de Jaime, la traición despechada de Shae ante la impotencia de Tyrion e incluso el toque de humor cachondo del príncipe Oberyn. Y a todo eso sólo le falta añadirle la pizca de amor, compasión y empatía que sentimos por el pequeño de los Lannister. ¿Alguien sigue dudando de la potencia de este momento? No tengo más preguntas, señoría.

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6. Oberyn, la justicia llega a Desembarco del Rey

Si algo tiene Juego de Tronos es la capacidad de excitar al espectador, ya sea con sorpresas narrativas, giros de guión o momentos llenos de épica y grandeza. La conversación entre el príncipe Oberyn Martell y un hundido Tyrion Lannister en los calabozos de Desembarco del Rey es uno de estos momentos. En la temporada anterior Jaime se confesaba y le explicaba a Brienne el trauma de ser el matareyes. Una escena sin grandes florituras estilísticas pero lleno de profundidad simbólica y sentimentalismo que nos hacía querer de nuevo al heredero Lannister.

Ahora el relevo lo toma Oberyn. Alejado de su particular imagen de crápula, evoca en un terrorífico recuerdo el odio que Cersei profesa a Tyrion desde su nacimiento. En la oscuridad de la mazmorra, las palabras del príncipe resuenan en nuestra cabeza y nos estremecen. Sólo aguarda la tragedia. El relato flotando en nuestra memoria, la tenue iluminación, el ambiente depresivo de una situación cruel y el ligero crescendo musical tejen un acto íntimo y emotivo hasta culminar en un esperanzador clímax: I’ll be your champion.

7. Sansa Stark, aprendiz de la desgracia

¿Se puede ser más desdichada? Sansa Stark no tiene suficiente con recibir palos de todo Westeros que también recibe los de los fans. Tampoco es que sea la alegría de la huerta, pero ¿quién lo sería con la familia decapitada, un exprometido sadomasoquista y una tía histérica? ¿Es pánfila, sosa, estúpida? No, es la desgracia personificada.

Sansa es usada –tanto en la historia como en la narrativa– como lupa para profundizar en otros personajes más atractivos, ya sea en el diabólico” modus operandi” de Joffrey, en la bondad de Tyrion o en la ambigüedad de Petyr Baelish. Aunque su destino siempre sea ir de un lado para otro y su papel no sea el más jugoso ni agradecido, la desgraciada damisela Stark tiene un rol esencial para el recorrido de la temporada. Además, junto a Meñique, empieza a entender el poder de la manipulación, a aprender a usar su debilidad como fuerza y a jugar con los demás con su frágil imagen.

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8. Un duelo explosivo

Si algo hemos aprendido de George R.R. Martin es que uno nunca puede fiarse de lo que imagina ni esperar nada agradable del sangriento mundo de Westeros. El esperadíssimo duelo entre el príncipe Oberyn de Dorne y Gregor Clegane es otro claro ejemplo de cómo hacerlo con un estilo impecable.

Un momento de intimidad entre Tyrion y Jaime en la oscuridad del calabozo precede la escena. En la arena, Oberyn le promete a su pareja no morir mientras sólo piensa en vengar el asesinato de su hermana. Así nos tocan un poco más la fibra. El combate es una lección de coreografía y estética que nos evoca a los grandes duelos de Gladiator o El Señor de los Anillos. ¿Pero realmente alguien creía que la Montaña, esa bestia salvaje y sangrienta, caería en el primer golpe? Martin teje la escena para que, a mesura que avanza, vayamos empatizando con Oberyn y su fin justiciero. Incluso notamos la victoria en nuestras manos. Pero Martin es un tipo cabroncete. En el último segundo de la prórroga aparece la Montaña cuál Sergio Ramos para reventar el cráneo del príncipe y dejarnos a todos con cara de colchonero. Sabíamos que el drama llegaría, pero llegamos a soñar que no. La vida de Tyrion Lannister pende de un hilo y eso se traduce en otro memorable cliffhanger para la colección.

P.D.: El duelo entre Sandor Clegane y Briene de Tarth también es memorable y digno de mención, pero es difícil competir con la épica y el espectáculo gore entre la Montaña y la Víbora roja.

9. Las Termópilas de hielo

Como ya ocurrió en la segunda temporada hemos tenido que esperar al penúltimo capítulo para ver una batalla en todo su esplendor, pero ha valido la pena. Después de ocho episodios donde hemos aborrecido la inexpresividad de Jon Snow y ignorado el verdadero problema de Westeros, se premia nuestra paciencia con una espectacular contienda en el muro. Como ocurrió en la mítica batalla de las Termópilas, unos pocos guardianes de la noche combaten desde su reducto a un monstruoso ejército de hombres salvajes, de bestias sedientas de sangre.

El noveno episodio hace justicia a la épica de proporciones titánicas de la serie, con un espectáculo que traslada nuestro imaginario al Abismo de Helm. Una vez más se repite la fórmula del éxito que ha funcionado en tantos otros capítulos y se juega con todos los elementos. Así pues, durante 50 minutos nos excitamos con la acción y la heroicidad de la gesta, nos emocionamos con las pérdidas melodramáticas, nos dejamos seducir por las coreografías y bailes de espadas, nos ponemos tiernos con las declaraciones de amor en medio del fragor y, como colofón, flipamos como críos con la presentación de bestias fantásticas. Lo tiene todo, oigan.

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10. Lannister, la familia

Juego de Tronos empezó siguiendo a los Stark, una familia medieval, norteña y bonachona. Poco podríamos imaginar que cuatro temporadas después estaríamos enamorados de los Lannister, de su orgullo insolente y de su opulencia dorada. Más allá de los gustos personales, es imposible negar el carisma y la profundidad de sus miembros, que sustentan el peso narrativo de la serie.

Cuando uno piensa en Tywin Lannister solo puede ver a esa figura noble pero cruel, arrogante pero correcto y estirado como un lord británico. Su posición de pater familias nos hace pensar en un padrino más preocupado del linaje y de su herencia histórica que de su descendencia, cada vez más rebelde. Cersei es tan manipuladora y despótica como su padre, pero con pequeñas dosis de sentimentalismo que la llevan contradecir a su padre y luchar por el amor de su hermano. Jaime está en medio de la encrucijada familiar. Siempre ha sido la proyección de Tywin pero, tras su paso por la guerra, decide adoptar su propia moral, siendo clemente con Tyrion y apasionado en su relación endogámica. Tyrion es justo el contrario, la deshonra al clan que se opone a morir. El último capítulo de la temporada es, además de una obra de arte, un magnífico retrato de los Lannister, la familia menos avenida de la historia de la ficción.

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