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Las series son el nuevo fútbol

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Las series son el nuevo fútbol, pero nos joden más la vida. Sacan lo peor y lo mejor de cada uno, porque nuestro proceso de identificación con el producto nos lleva a proyectar toda una serie de traumas mal identificados y vidas deseadas.

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que la vida era más fácil. Cultura y deporte tenían una cosa fundamental en común: el ejercicio de disfrutarlos estaba perfectamente acotado en el tiempo. Ya que las series eran aquella anomalía que nos encontrábamos de casualidad en nuestras inercias televisivas (cambiabas de canal y chas, aparecía un procedimental), dividíamos el resto en liturgias perfectamente organizadas. Por un lado, el cine, aquello que íbamos a ver el día del espectador o los fines de semana, obligados a comentarlo presencialmente porque no había Twitter que nos permitiera creernos expertos en todo. Por otro, el deporte, y preferiblemente el fútbol, aquello que contemplábamos grupalmente como método de desquite de nuestros problemas lectivos. Si se estaba muy atrapado, también veíamos otros partidos de ligas, copas o competiciones internacionales, pero sobre todo era el pretexto para la testosterona, gritando a un monitor en un bar que acababa siendo testigo de nuestras lamentaciones arbitrales y opiniones parciales. Todo era -decíamos muy fácil- como la versión políticamente correcta de las pelis de La Purga. Unas pocas veces por semana, cine y fútbol, calendario de liga y unos pocos estrenos, beber y a dormir, y hasta la siguiente.

A mediados de la pasada década, llegó un título que lo cambió todo: Perdidos. El mérito del cambio de paradigma no fue solo suyo, ya que estaba acompañado de la instauración de Internet como plataforma de acceso al producto, y por supuesto la imparable generalización de la palabra “descarga”. Esa serie, con sus cliffhangers, con sus simbolismos, con sus anatomías, acostumbró a la humanidad a otro tipo de consumo. Por primera vez en la historia moderna, la emisión de un episodio televisivo estaba marcado a fuego en el calendario del espectador, que asistía, impotente, a una necesidad casi fisiológica de ver un producto sin atender a las limitaciones de su falta de distribución. En paralelo, las redes cobraron vida, y de repente, talmente como el simio que abre el “2001” de Stanely Kubrick, aprendimos a blandir el teclado para proyectarnos un mundo feliz donde nuestra opinión era igual de mierdosa, pero sumamente leída. Nos creímos habitantes de esa isla al mismo tiempo que fabricábamos una de virtual. Y claro, hubo consecuencias. De repente, el cine pasó a un segundo plano, y en los bares se hablaba tanto de Sawyer como de Guardiola. Aquellos gritos, aquella enervación antes reservada a goles imprevistos o del último minuto, ahora también se proyectaban sobre nuestros héroes catódicos. La indignación ya no era solo por los penaltis mal pitados o los minutos añadidos, también por los finales donde media humanidad se quedaba con cara de tonto. La vida, tal y como la habíamos concebido hasta ese punto, había cambiado de manera irreversible. Pero lo que no sabíamos era que lo peor estaba aún por llegar.

 

El síndrome de Kubiac

Kubiac Parker Lewis series y futbol Pep Prieto serielizados¿Alguien recuerda Parker Lewis Can’t Lose? Era una serie juvenil de principios de los noventa. En ella se parodiaba el modelo tradicional del género con un humor a medio camino entre el “cartoon” de Tex Avery i la comicidad de los ZAZ. Había un personaje, llamado Kubiac, que encarnaba al típico bruto de instituto que es 100% masa corporal y 0% cerebro y que solo te imaginas como futuro portero de discoteca. Ese tío tenía un gag recurrente: cada vez que tenía hambre, que era cada dos minutos, se limitaba a decir “comer ahora”, y después se zampaba hasta los envases. Pues bien, se podría decir que la irrupción de las series en nuestra agenda vital es como la actitud de Kubiac ante su necesidad de ingerir. Cuando se dice la mierda esta de “las series son el nuevo fútbol”, es cierto en términos de devoción, de uso social y de promoción.

“Antes, las plataformas te vendían el fútbol como el equivalente del sexo, y ahora te prometen el cielo de las series”

Es decir, sí, las series, como el fútbol, sacan lo peor y lo mejor del espectador, porque su proceso de identificación con el producto le lleva a proyectar en lo que mira toda una serie de traumas mal identificados y vidas deseadas. Ante ambos, el usuario se apasiona, porque escoge un bando y actúa de acuerdo con lo que cree que requiere. Empatiza, sufre, celebra. Se alegra, se entristece, se caga en su puta madre. Respeto a su uso social, fútbol y series se parecen en su capacidad para generar un debate apuntalado, principalmente, en la especulación: nadie sabe quién coño ganará el próximo partido o qué pasará en el próximo episodio, pero ahí estamos, imaginando, suponiendo, analizando. Y después está la promoción, que los ha unido como conceptos hermanos como nunca se había visto en la historia de la relación entre cultura y deporte. Un par de ejemplos. Antes, las plataformas televisivas te vendían el fútbol como el equivalente del sexo, y si comprabas tal paquete te veías los partidos hasta de la liga chechena, pero ahora te prometen el cielo de las series, donde están todas, hasta las de Sudán. Y no hace mucho, un anuncio de un gran operador patrio se basaba en un hipotético partido de fútbol entre habitantes de los imaginarios de series de éxito. Muy revelador de lo que ha acabado siendo el mundo.

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Todo esto ayuda a poner series en la misma frase que fútbol, es cierto, pero requiere un matiz: nos joden más la vida. Volviendo al principio, el fútbol tiene unas normas muy bien pautadas de exhibición. Hay unas competiciones, un calendario, unos equipos y unos derechos adquiridos por cadenas o plataformas. Hay un tiempo para el fútbol, y todo lo que se añada ya forma parte de la patología del respetable. El fútbol se ha mantenido coherente, pautado, dosificado en sus 90 minutos con eventuales prórrogas y penaltis. Pero las series no, ni por asomo. Para empezar, tú no preguntas a nadie: “¿qué partido de fútbol miro?” Miras quién juega y cuándo, y punto, sin tocar los cojones a nadie. No tienes esta ansiedad de conocimiento. Las series nos han viciado las costumbres, el lenguaje, la vida social. Todo. Con ellas, hemos aprendido palabras como binge-watching, que en inglés suena de puta madre, pero en castellano vendría a traducirse como “no tengo vida y me paso el día en el sofá viendo una misma serie para acabar confundiendo los acontecimientos de un episodio con los del otro”. De series empieza a haber miles, millones, y si pretendes ver varias a la vez tus semanas se vuelven un infierno logístico que solo solucionas llorando desnudo en la bañera, como Ace Ventura.

“Te hacen creer que, a más consumo, más conocimiento (que no inteligencia) y acabas opinando como si fueras un showrunner”

Las series no se concentran en un solo emisor, sino que, si quieres ser legal, estás forzado a tener varias plataformas de pago que te impiden invertir en alimentos tan básicos como el alcohol, perjudicando al final sectores como la hostelería, los psicólogos y los abogados de familia. Las series te hacen creer que, a más consumo, más conocimiento (que no inteligencia), y claro, acabas opinando como si fueras un showrunner, otro término anglosajón que hemos incorporado a nuestro léxico con una alegría digna de estudio. Terminamos una y nos lamentamos severamente, como si se tratara de un apocalipsis bíblico, y buscamos otra con fruición, para devorarla y volvernos a lamentar de su final, y nos lanzamos todavía a otra más, llorando cuando acaba.

Ha llegado un momento que nos gustan más las series que lo que cuentan, y por eso se ha vuelto muy necesario aplicar un criterio que se base en lo que queremos ver, y no en lo creemos que se debe ver. Hay más series que ocio, e incluso hay más series que tiempo. No es nada extraño que una de las más vistas del planeta sea una de zombis: como en ella, vivimos caminando por la ficción para llegar a un final que es un nuevo comienzo. Y así temporada tras temporada, hasta el abismo de la paciencia.


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