dixit | Un western shakespeariano

Qué falla en ‘Westworld’

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¿Por qué Westworld no es la maravilla que tan descaradamente quiere ser? Por los mismos vicios que los guiones de Nolan exhiben en el cine: la excesiva dependencia del relato respecto a una premisa con muchas ganas de ser original y la obsesión por dejarlo todo cerrado.

Westworld es, como todo lo que lleva el sello de Jonathan Nolan, un puzzle complejo y fascinante del que el autor nos acaba dando todas las piezas. No sería justo regodearse en el aburguesamiento seriéfilo para hacer una enmienda a la totalidad a esta obra: desde su intrincada narrativa hasta las interpretaciones intachables, pasando por una estética impecable, la gran apuesta de HBO recompensa nuestra fidelidad con secuencias que justifican el visionado. Sería todavía peor concederle a la serie el rango de obra maestra al que aspira, solo porque lo intente de una manera tan obvia, una frase lapidaria detrás de la otra. ¿Por qué Westworld no es la maravilla que tan descaradamente quiere ser? Porque los mismos vicios que los guiones de Nolan exhiben en el cine encuentran una lente magnificadora en la estructura serial. Son, principalmente, dos: la excesiva dependencia del relato respecto a una premisa con muchas ganas de ser original y, como decía al principio, la obsesión por dejarlo todo cerrado.

Pensemos en las grandes series que hemos acabado venerando a golpe de ranking. Cabos sueltos, ambigüedad psicológica, espacio para digresiones y, en general, una narrativa suficientemente abierta como para explorar las contradicciones del universo y los personajes que lo habitan. Las series cuentan con el tiempo y la estructura necesarios para presentarnos a caracteres más humanos que los del cine, menos coherentes, sin un centro tan robusto sobre el que pivotar. No sucede así en Westworld donde cada una de las piezas del tablero parece tener un plan magistral y un inventario de citas shakespearianas preparadas para contárnoslo. La paradoja de un relato sobre la dificultad de conocerse a uno mismo es que cada uno de sus personajes se conoce hasta el aburrimiento.
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Toda historia de robots es la historia de una rebelión, pero pese a las interesantes lecturas políticas que admite la serie, la cosa va de la conciencia. Es un tema complicado, pero Nolan y Joy se lanzan a por él sin miedo. También es el objeto de estudio de moda y, detrás de las no poco masticadas explicaciones que se nos dan, se pueden intuir las ganas de destacar en un campo de batalla intelectual muy atractivo. La gran propuesta de Westworld es que los anfitriones son capaces de alcanzar un nivel de conciencia igual o superior al humano y la primera temporada es la crónica de este despertar. Para que todo marchara bien, cuando Dolores reconoce la otra voz dentro de su cabeza como suya, debería producirse un clic en la mente de los espectadores: “Ya no hay duda, son como nosotros”.

El problema, claro está, es que los anfitriones no son humanos, nunca lo han sido y nunca lo serán. Todo se reduce a una confusión que condiciona nuestro vínculo con la historia de arriba abajo, un enorme elefante en la habitación: la diferencia entre inteligencia y experiencia. La palabra “conciencia” es confusa porque presupone una combinación orgánica entre ambas, pero cuando los androides entran en escena, es imprescindible demarcar la frontera. Para ello, recurriremos a una de las personas más célebres de la historia de la filosofía: Mary. Mary -que quizá os suene de Ex Machina– es una súper-científica que sabe todo lo que se puede saber sobre el color: la longitud de onda de todos los colores, los mecanismos neurológicos que permiten a los humanos percibirlos, el funcionamiento de la retina, etc. Sin embargo, por las razones que sean, Mary ha vivido toda su vida en una habitación en blanco y negro, con un ordenador en blanco y negro, comiendo alimentos en blanco y negro y… ya veis adónde quiero llegar. Un buen día, Mary, es liberada de su cautiverio y, nada más salir, ve el azul del cielo por primera vez. A parte de flipar en colores (perdón), parece que algo ha pasado con Mary (perdón II): ha experimentado el color.

“La epopeya de Dolores en busca de la conciencia es, desde el principio, la búsqueda de la autonomía, pero no se da ningún paso hacia la capacidad de experimentar.”

Era importante conocer a Mary para entender el “no se qué” que falla en Westworld. La epopeya de Dolores en busca de la conciencia es, desde el principio, la búsqueda de la autonomía, pero no se da ningún paso hacia la capacidad de experimentar. Los anfitriones son como Mary dentro de la habitación, aprendiendo todo lo que se puede aprender acerca de la condición humana pero, en su caso, incapaces de salir a la calle y sentir la humanez en sus cibernéticas carnes. Porque la dimensión cualitativa de la experiencia de estar vivo es indiferente al grado de refinamiento de un montón de algoritmos. En otras palabras, un Mac está más cerca de poder ganar al ajedrez a Gary Kasparov que un Pentium III, pero jamás diríamos que está más vivo que su antepasado tecnológico, mientras que estamos convencidos que un perro, que nunca podrá derrotar al maestro ajedrecista, experimenta el mundo de una forma relevantemente parecida a la que lo hacemos nosotros.

En la tradición de las historias sobre inteligencia artificial, lo que diferencia a las buenas de verdad del resto es saber usar a los robots como un espejo del ser humano. Al final de Her, la voz de Scarlett Johansson desaparece y nos quedamos con la alienación de Joaquim Phoenix, que siempre fue el verdadero protagonista. Pero en Westworld, los protagonistas no somos nosotros, sino ellos. Esta premisa condiciona el punto de vista de la narración y determina hasta qué punto podemos involucrarnos en el vaivén emocional de la historia. Y el problema es que, intuitivamente, todos entendemos desde el principio que los anfitriones no sienten el dolor, la tristeza o la envidia como los seres vivos. No hacía falta conocer la historia de Mary para sentir que algo no acaba de llegarnos al corazón, aunque espero que contribuya a clarificar el asunto.

Uno de las posibilidades más interesantes que permite el visionado de Westworld es experimentar con los límites de la empatía. Se produce un juego característicamente lynchiano entre la certeza de que no debemos tomarnos en serio lo que estamos viendo y el olvido de esa misma certeza. Van a matar a la hija de Maeve, vemos su mueca de dolor, parece que entramos en la historia, empezamos a sufrir y… no, no del todo: ahí sigue el elefante en la habitación, bloqueando la plena identificación con los personajes. Explorar nuestra capacidad para conectar con entidades que no están vivas pero que lo parecen es fascinante pero, en última instancia, insuficiente para generar la empatía que necesitan algunas secuencias de la serie. Si hacemos que el espectador dude acerca del tipo de experiencia interna que los personajes tienen de sus emociones, se puede hacer una magnífica historia de intriga o una gran reflexión, pero no un drama shakespeariano.

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Todo esto sitúa al Hombre de Negro y al Doctor Robert Ford bajo el foco. Ellos son los dos humanos más prominentes de Westworld, los únicos con una sola vida, con la capacidad de experimentar el mundo. El problema de estos representantes de nuestra especie es que, precisamente, son tan poco humanos como se pueda ser. No por su maldad o su locura, más que bienvenidas, sino por el insufrible dominio de sí mismos y de la situación que exhiben constantemente. Dexter nos enseñó hace tiempo que podemos permanecer enganchados a un psicópata durante años siempre y cuando nos dejen ser testigos de su fragilidad. Ayuda percibir que el malvado puede perder, una sensación impensable para todos los que hemos seguido al Dr. Ford. “Qué sorpresa, ¡al final todo formaba parte de su plan!”. Tanto por el flashback camuflado (hay que aplaudir este mecanismo de narración mentirosa, que queda justificado elegantemente por las particularidades de la memoria de Dolores, frente a la bazofia adolescente que Mr. Robot perpetró en su primera temporada) como por la rebelión final de Dolores, el Hombre de Negro consigue ser un personaje mucho más humano que Ford pero, en última instancia, no deja de ser un personaje consumido por sus deseos pirómanos que fue diseñado como villano y no como un anclaje emocional para la audiencia.

“Podríamos leer ‘Westworld’ como una ilustración que Nolan y Joy hacen acerca de la teoría bicameral, como si todo fuera un experimento para probar ciertos aspectos de la evolución humana”

Y es que, al fin y al cabo, todas las estrellas de la constelación están ahí para hacer brillar más a Dolores y a Maeve. El motor de toda la temporada es la teoría de la mente bicamaral que explica su rebelión y que da nombre al último capítulo. Podríamos leer Westworld como una ilustración que Nolan y Joy hacen acerca de esta teoría, como si todo fuera un experimento mental para probar ciertos aspectos fundamentales de la evolución y funcionamiento de la mente humana a través de las peripecias de una Mary, en este caso una Dolores. En este sentido, la serie logra un triunfo aplastante. Como metáfora de las dificultades por las que ha de pasar una inteligencia simple hasta llegar a ser consciente de sí misma, libre y autónoma; el periplo de Dolores y Maeve es portentoso. Sin embargo, hay que pagar un precio por ello: la historia sacrifica elementos fundamentales de la narrativa dramática para convertirse en un excelente ensayo de 10 capítulos.

¿Cuál es la tesis de este ensayo? Que la libertad es inseparable de la negatividad. Lo que diferencia a una máquina de un sujeto, es que el segundo no se puede ver a sí mismo con total transparencia. El inconsciente es la condición de posibilidad de una conciencia libre: de la lucha entre las dos cámaras parlamentarias, entre las voces dentro de nuestra cabeza, emerge la subjetividad. Sin dolor (Dolores no es la elección de nombre más opaca de la historia, como tampoco lo es elegir Ford como creador de westerns) y sin memorias negativas que puedan resonar en cualquier momento, seríamos mera positividad, es decir, autómatas. El sujeto moderno se fundamenta en la capacidad de dudar que puso en práctica Descartes en sus meditaciones, en las que “se cuestionó la naturaleza de su realidad”; la misma pregunta con la que abre el primer episodio Westworld. Ford sabía que para dudar hace falta una voz discordante, y que esa voz no podía ser programada de antemano, sino que debía emerger por ella misma gracias a la memoria del sufrimiento. Y sin embargo, los anfitriones siguen siendo Marys que han aprendido todo lo que hay que aprender de la emociones, pero que no pueden salir de la habitación. Otro problema, es que esto no cambiará en las futuras temporadas.


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