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Una serie para gobernarlos a todos

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El éxito sostenido de ‘Juego de Tronos’ tiene su base en los fans, formada mayoritariamente por millennials. ¿Por qué? Porque la serie es una llamada a las nuevas generaciones contra la vieja guardia.

Es curioso sintomático que el éxito que tiene Juego de Tronos desde su estreno en 2011 se base, principalmente, en su legión de fans. Por sí misma, la serie tiene entidad y capacidades sobradamente reconocidas que le permiten colocarse a la altura de hitos de la llamada Tercera edad de oro de la televisión, como The Wire, Los Soprano, Six Feet Under, Breaking Bad o Mad Men, ya que la urdida combinación de tramas, el gran manejo de la tensión dramática, el poco aprecio por los personajes en general y la abundancia de sangre y sexo la convierten en foco de interés de la crítica y de la mayoría de los públicos. Y ninguna de ellas ha conseguido la repercusión y el éxito internacionales de los que goza Juego de Tronos, con millones de espectadores en todo el mundo pegados a la pantalla a la espera del capítulo semanal. sea la hora que sea, estén donde estén.

HBO es plenamente consciente de que Netflix ya es la primera plataforma de streaming a nivel mundial, y a pesar de que intenta revertir la situación con producciones propias de calidad –Big Little Lies, The Young Pope, Snowfall, The Deuce…-, su gran baza para mantenerse lo más cerca posible de su principal competidor pasa porque Juego de Tronos siga batiendo récords: el final de la séptima temporada lo vieron más de 12 millones de personas en el canal en Estados Unidos, y más de cuatro a través de la plataforma de streaming -entre los que se encuentra quien escribe-, incluso más que la anterior. Y durante el transcurso de la temporada, a través de Internet, una media de 30 millones de estadounidenses han visto los capítulos de la serie del total de 49 millones de suscriptores del país. Es decir, de cada tres suscriptores dos han visto la serie. De hecho, todos los capítulos de esta séptima temporada han tenido mayor audiencia que el desenlace de la anterior, que ya había destrozado sus anteriores datos de audiencia.

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Audiencia en EE.UU. (Datos de Nielsen Media Research, via Wikipedia)

La cadena de pago estadounidense ha encontrado en Juego de Tronos la fórmula perfecta. Ha conseguido reunir el beneplácito de la crítica y el público durante seis largos años. A pesar de los altibajos de las dos últimas temporadas -especialmente la séptima- la serie continúa hinchando la burbuja de la audiencia. Las bárbaras estadísticas de la Juego de Tronos, cuya sexta temporada costó más de 100 millones de dólares, justifican los gigantescos gastos de producción de HBO. Da igual que sea la serie más pirateada, porque es una máquina imparable de hacer dinero. Pero, ¿de dónde procede este arrollador huracán? ¿Por qué al público le encanta la serie?

¿Por qué al público le encanta la serie?

Es casi imposible responder a la pregunta en su totalidad, pero sí se pueden hacer interpretaciones parciales. En este caso, nos centramos en el segmento de la población que recoge de forma más directa el mensaje de Juego de Tronos: los millennials. Los que más tiempo dedican al consumo audiovisual son, además, los que tienen las redes sociales como herramienta indispensable en su vida diaria son, además, el público más numeroso de Juego de Tronos. La generación que ha vivido más en el presente siglo que en el anterior es, con diferencia, la que más vibra con cada capítulo. Y su relación con sus tramas es más sutil de lo que imaginamos, tal como reflexiona Noel Ceballos:

El derrocamiento de lo antiguo y la búsqueda del rejuvenecimiento del statu quo es una constante no sólo en sus historias, sino también en su realidad. No hay más que ver el panorama de la política española, que trata de renovarse con dos nuevos partidos que condenan a los acomodados y tradicionales, o con el auge de nuevas formas de negocio en todos los sectores: las plataformas de video on demand destronando a la televisión tradicional y Amazon a las tiendas físicas, por ejemplo. Es casi una cuestión de materialismo dialéctico, donde lo viejo se enfrenta a lo nuevo, y lo nuevo termina convirtiéndose en la nueva forma de poder. Esta tesis básica que se ha desarrollado desde el inicio de la serie y que tiene su mejor ejemplo en Daenerys Targaryen -rompedora de cadenas, abolicionista, quiere gobernar de forma justa su reino…-, es probablemente lo que aún mantiene la serie a flote, a pesar de sus últimas incoherencias espacio-temporales y sus descuidos en esta última temporada respecto a las relaciones entre personajes y sus diálogos, dos de sus puntos más fuertes hasta el día de hoy.

“Hay una lectura optimista en la que el aire renovador puede con el inmovilismo y el cambio parece posible”

Juego de Tronos reúne con fuerza lo pútrido y corrupto de los que se han mantenido en el poder durante demasiado tiempo, e insta a los más jóvenes a tomar el control, a revolucionar las estructuras opresoras. Hay una lectura optimista, a pesar de lo manchada de sangre que está la historia, en la que el aire renovador puede con el inmovilismo y el cambio parece incluso posible cuando nos encontramos en momentos de transición. El fondo trágico se disfraza de esperanzador para dar alas a los ignorados o denostados, los criticados. Al igual que nos identificamos con el antihéroe posmoderno por sus dudas y problemas, lo hacemos también con los inadaptados o ninguneados que pueblan las innumerables tramas de Juego de Tronos.

El éxito de fidelización de públicos de Juego de Tronos es, al final, consecuencia directa de los espectadores a los que se dirige. A los millennials nos encanta Lyanna Mormont porque, a pesar de su edad, nadie se atreve a llevarle la contraria y es la primera que responde ante los carcas del Norte para apoyar a Jon. Aplaudimos como locos cuando Arya, la pobre niña huérfana y desvalida, se convierte en el brazo ejecutor de Lady Stark, señora de Invernalia, que ha dejado de ser la pequeña Sansa, la niña ilusionada con casarse con su rey y darle hijos, y se ha convertido en una líder a la altura de su difunto padre -o incluso más-. Jon Nieve mola porque Kit Harrington es hipster y encima es rey en el Norte y va contra los que oprimen al pueblo. Y, por supuesto, abucheamos a la malvada Cersei como si se tratase de la bruja de Blancanieves, y queremos que desaparezca lo antes posible, porque es un mal que hay que extirpar. Juego de Tronos es una historia de intrigas cortesanas, de fantasía épica, de tramas inteligentes… Pero, ante todo, es un grito de sublevación, de protesta: de revolución contra lo establecido.


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