relatos | Deadwood, Dakota del Sur (1876)

Bienvenido a Deadwood

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A Deadwood no han llegado aún el agua potable, el telégrafo, la vacuna contra la viruela o los derechos civiles, pero jamás faltarán el alcohol y el opio, tentaciones recurrentes de las que echar mano para olvidar el infierno en el que se ha metido.

El año 1876 acaba de echar el vuelo y usted es un humilde ganadero nacido, criado y establecido en Sioux City, un pueblecito de Iowa a donde sus padres llegaron procedentes de Alemania hace 31 años. Su existencia es plácida y relativamente feliz, quizá porque a sus casi 30 primaveras no ha conocido otra cosa. A la vida no le pide mucho, salvo envejecer con dignidad, morir sin dolor y a ser posible tampoco en soledad. No es usted hombre de grandes ambiciones. En su comunidad es respetado y quienes le tratan afirman que es trabajador, honrado (“y no especialmente avispado”, matizan off the record) y que siempre saluda a los vecinos. Acostumbra a ir armado porque en estos tiempos toda precaución es poca, pero jamás ha pegado un tiro salvo para espantar algún animal salvaje que merodea por su granja, razón por la que siente una íntima sensación de orgullo. De un tiempo a esta parte, sin embargo, se le ve muy agobiado porque el negocio que heredó de sus padres acumula deudas, no prospera y tiene alarmantes dificultades para sacar adelante a su mujer y sus dos hijos pequeños, de 10 y 8 años.

Las apreturas económicas asfixian y es raro el amanecer que no le sorprende sentado en la mecedora del porche ensimismado en sus tribulaciones, mirando sin ver las vastas llanuras que se despliegan hacia el infinito. Las perspectivas de un futuro en la miseria obligan a considerar con urgencia lo que antes parecía un disparate: malvender la granja, facturar a la familia en casa de los suegros y probar fortuna lejos de aquí a la espera de tiempos mejores. La duda es adónde.

A los pocos días coincide con su amigo Jerry Parker en la cantina del pueblo, lugar al que acude últimamente con sed y asiduidad preocupantes. Nada grave si se tiene en cuenta que todo el mundo es alcohólico aunque nadie lo sepa. Parker, decíamos, es un comerciante de la zona que se deja caer de tanto en tanto por Sioux City con noticias frescas y jugosas anécdotas de sus viajes por el territorio indio. Aquella tarde, después de deleitar a los parroquianos con alguna aventura aderezada con su prosopopeya más rimbombante, estuvieron charlando al calor de unos güisquis, brindando por tonterías y poniéndose al día porque hacía meses que no sabían nada el uno del otro. El efecto del licor, la presencia añorada del confidente y la melodía nostálgica de la pianola terminaron por descorchar en un torrente de lágrimas sus aflicciones más hondas, secretos que suele ahogar en el bar para no desmoronarse ante una familia que hace ya tiempo que sospecha que algo no funciona como debería.

pueblo bn bienvenidos a deadwood pepe gil-vernet serielizadosEs entonces cuando en boca de su amigo oirá por primera vez la palabra que puede alumbrar su sombrío horizonte: Deadwood. Los contactos que Jerry tiene más al oeste hablan de un pueblo en las montañas de Black Hills, al otro lado del río Misuri, al que acuden gentes de toda condición contagiadas por la fiebre del oro. En pocos meses han pasado de mil habitantes a siete mil. Y subiendo. Es la meca de las segundas oportunidades.

Aunque su amigo le venda la burra de que es imposible no hacer fortuna en Deadwood, la cruda realidad es que tiene las mismas posibilidades de prosperar que de morir en alguna reyerta o a causa de la viruela. Como reclamo final de tan irrechazable destino, Jerry añade que el 90% de las mujeres del pueblo son putas.

Llegar hasta ahí entraña sus riesgos, especialmente para un hombre como usted que apenas tiene mundo y carece de la mala hostia suficiente para que no se lo lleven por delante a las primeras de cambio. Deadwood está a 380 millas al oeste, en las entrañas del territorio de Dakota, una zona infestada de tribus indias no precisamente célebres por su hospitalidad con el turista invasor. En el pueblo no hay más ley que la que establecen según sus intereses los hombres más ricos o poderosos, mientras la clase baja regula la convivencia aplicando unas normas de conducta bastante difusas. No hay sheriff y nadie parece echarlo de menos. Deadwood es una especie de limbo ajeno a la legalidad y así seguirá siéndolo hasta que el territorio no se anexione a la Unión.

Las alternativas escasean y el tiempo se agota. A los pocos días reúne a la familia y anuncia lo inevitable. La escena es previsiblemente dramática, por lo que no hay necesidad de recrearse más de la cuenta en intimidades que no son de la incumbencia del lector. Una semana después, a lomos del único caballo no famélico que queda en el establo, parte de su hogar con esperanza y miedo, no sin antes despedirse de la familia con la promesa de un futuro feliz en común. A su hija mayor le pide que ayude a mamá y al hijo pequeño que cuide de la familia, que ahora será el hombre de la casa. A su mujer, compungida en un llanto mudo, le asegura que todo irá bien y, aplicando con sabiduría marital los conocimientos sobre la psique femenina que confieren 10 años de matrimonio, le omite cualquier referencia al porcentaje de prostitutas que encontrará en Deadwood.

El viaje transcurrirá como un homenaje a su propia vida: olvidable y sin sobresaltos. Su talento para repeler cualquier situación que implique peligro, aventura o diversión le convierten en un desquiciante desafío para los cronistas. La insignificancia de sus pensamientos, sentimientos e inquietudes (a los que también tengo acceso) no contribuye a mitigar el sopor durante los 28 días que dura la travesía. Lo único que invita a la esperanza de un relato suculento es algo que usted ignora, y es que se encamina con feliz ignorancia no a la tierra prometida, sino al mismísimo infierno.

 

La llegada

Un par de días antes de alcanzar Deadwood coincide con dos diligencias con las que compartirá la parte final del trayecto. En una viaja media docena de prostitutas y, en la otra, media docena de prostitutas. Fiel a la promesa que se ha hecho a sí mismo, las ignorará en lo que concierne a los instintos de la carne. Ellas contribuyen activamente a su propósito: no le hacen ni puñetero caso.

Y así, al amanecer del 16 de marzo de 1876 llega por fin a Deadwood. La calle principal es un hervidero de actividad desde primera hora de la mañana, un ir y venir de carruajes y animales de carga que sortean a los borrachos en una especie de coreografía mal ensayada pero eficaz. Algunos hombres trabajan en la construcción encaramados a pequeñas estructuras de madera a medio hacer. A pesar del ruido insoportable nada parece alterar el sueño de una señora con vestimenta de cowboy que duerme la mona en posición vertical apoyando su cabeza en la pared de un establo. Su estado de profunda somnolencia no le impide proferir los improperios más ofensivos a cualquiera que ose invadir su frágil espacio vital. Es Calamity Jane, una leyenda de estas tierras tan célebre por servir a las órdenes del General Custer como por tener el hígado más resistente de todo el salvaje oeste.

Nada más bajarse del corcel y hundir sus botas en un fango espeso y de tono sospechosamente rojizo, le aborda por sorpresa un señor pelirrojo rechoncho y amable, atributo este último en grave peligro de extinción aquí. Le interroga acerca de su lugar de origen y de sus proyectos en Deadwood. Es A. W. Merrick, director, redactor jefe, redactor, reportero, editor, maquetador, repartidor y fotógrafo del Deadwood Pioneer, único y más influyente diario de la zona que, por si fuera poco, sigue vigente en nuestros días. El diseño web, lamento decir, parece inasequible al paso de los siglos.

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“Le basta un vistazo furtivo desde su tribuna para detectar las novedades que ofrece el día y calibrar nuevos planes para perpetuar su reino sin corona”

Mientras entabla conversación con Merrick asoma por el balcón del edificio más grande Al Swearengen, un hombre que derrocha carisma e infunde terror. Es el capo indiscutible. Enfundado en un esquijama amarillento, se acomoda las partes mientras una de sus prostitutas le acerca un café tibio con el que irá mojando su bigote con forma de murciélago. Le basta un vistazo furtivo desde su tribuna para detectar las novedades que ofrece el día y ponerse a calibrar nuevos planes para perpetuar su reino sin corona. The Gem, su local, tenía el monopolio del puterío hasta que hace poco aterrizaron en el pueblo Cy Tolliver y su Bella Union, obstinados en hacerle la competencia con sus putas de alto standing y sus juegos de mesa trucados.

Swearengen tiene la mosca detrás de la oreja por culpa de este acontecimiento inesperado, pero sabe de sobra que en Deadwood hay sitio para ambos y, aunque sus putas no sean las más finas y educadas, no hay duda de que en términos de calidad-precio nadie puede hacerle sombra. Lo saben sus agradecidos parroquianos, que inundan de jolgorio su cantina todas las noches sin excepción. Para ejercer su dominio e influencia por todo el pueblo, Swearengen se vale de una cohorte de vasallos fieles y diligentes, tan aptos para las labores de limpieza o contabilidad como rebanar los pescuezos que Al considere necesarios. De entre todos ellos destaca un hombrecillo llamado E. B. Farnum, dueño del hotel y recadero principal de su amo, al que informa de cualquier novedad en su establecimiento. La relación entre Al y E. B. es un compendio

A pesar de las apariencias no es Swearengen un dictador que ejerza un régimen de terror en el pueblo a base de amenazas de plomo sino que su gran poder emana de un conocimiento proverbial de la condición humana que utiliza a su antojo para lograr todo lo que quiera a cualquier precio y sin pagar nada. Carece de escrúpulos y es un maestro de la manipulación, qué duda cabe, pero compensa su maldad con un sentido del humor tan negro como su alma. Es un villano cojonudo.

Su alter ego es Seth Bullock, un hombre de moral tan recta como el palo de escoba que parece tener incrustado en el culo. Bullock es un joven ex sheriff de Montana que llegó a Deadwood para montar un negocio de ferretería, pero su indisimulable alergia a las injusticias y una mala leche sin matiz alguno le convierten en un incordio para Swearengen. Aun a riesgo de extralimitarme en mis funciones de narrador omnisciente, me veo en la obligación de advertir que la interpretación perpetrada por Timothy Olyphant, principal candidato a peor actor del mundo, es un atentado a la memoria de Bullock.

También encontrará gente buena, no tema. Son pocos pero es fácil identificarlos porque suelen ser los más antipáticos y no querrán de usted nada más que indiferencia.

 

Anatomía del infierno

Aunque no sea usted un hombre despierto, no tarda en darse cuenta de que las maravillas que su amigo le había enunciado no son más que un espejismo, una sátira cruel; que el paraíso en la tierra no es otra cosa que un lugar indómito ideal para cobijar a gentuza del más bajo instinto; y que donde se suponía que tenía que haber riqueza y prosperidad no hay más que miseria y avaricia. Todo es suciedad. Suciedad en las calles, en la ropa, en el lenguaje, en las mentes y en las almas. La mentira y la traición son el pan de cada día y la muerte es casi siempre mejor destino que arrastrarse por el fango del infierno.

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A Deadwood no han llegado todavía el agua potable, el telégrafo o la vacuna contra la viruela o los derechos civiles básicos, pero jamás faltarán el alcohol y el opio, tentaciones recurrentes de las que echar mano para olvidar el infierno en el que se ha metido. Abundan los borrachos desdentados que dilapidan las ganancias cosechadas en las prospecciones en güisqui, putas sifilíticas o partidas de poker. Si hay cualquier malentendido o disputa se resuelve con un duelo, ya sea a pistolas o a puñetazo limpio. El que muera será pasto de los cerdos de Mister Woo, el líder de la comunidad china. El engorro principal es llevar el cuerpo hasta ahí, misión que corresponde al amigo más cercano de la víctima, aunque ya se sepa que aquí la amistad dura lo que tarda una borrachera en disiparse.

Su vida  en Deadwood vale menos que un gramo de oro y aunque a veces el mar aparente estar en calma, la violencia siempre acecha a la vuelta de la esquina, como una amenaza que no podrá burlar por mucho tiempo. Pero en este agujero infecto también hay lugar para la esperanza, la ternura y la piedad. Se advierte en gestos apenas indetectables, porque quien comete el desliz de ser bueno con el prójimo corre el riesgo de ser presa fácil para el resto de la manada. Son sonrisas, miradas, confidencias, pequeños milagros que suplican desde las profundidades del infierno que no hay razón para perder la fe.

Quien le diga que en este pueblo yacen las esencias del origen de Estados Unidos le estará mintiendo, porque lo que aquí se revela es la naturaleza humana en todo su esplendor.

Bienvenido.


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