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Un cuento de Navidad infernal

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M. odiaba la Navidad; eso para empezar. No cabe la menor duda al respecto. Su padre, su madre, su hermano y una exnovia que conoció por Tinder podrían certificarlo sin titubear, y de hecho así lo habían hecho, en sucesivas cenas de Nochebuena, Nochevieja o Reyes (¡Una cena cada cinco días, como si no tuviese otra cosa que hacer!, exclamaba M. en tan felices y señaladas ocasiones). Para él -que apreciaba el tiempo a solas, la calma y la tranquilidad como las más grandes virtudes a las que aspiraba el ser humano- el bullicio callejero de niños y viejas, el asalto de las luces titilantes o el enésimo Papá Noel con campanita no significaban más que una masa oscura de sensaciones desagradables semejantes a un puente dental especialmente doloroso o al sonido de un taladro a las ocho de la mañana de un sábado.

Pero en los tiempos de zozobra, que iban aproximadamente del 15 de noviembre aunque cada año empiecen antes con los putos turrones hasta el 7 de enero, M. había encontrado una forma de escapar: entregarse a maratones interminables de series en la penumbra de su sala de estar, donde el brillo difuso de la televisión, los contornos oscuros de la mesita donde depositaba cantidades ingentes de nachos con mucho queso y la tela raspada de su viejo sofá se convertían en las únicas coordenadas de realidad que le interesaban. Las series que veía no significaban más que el ruido de fondo calmante y agradable de toda esta situación, pues ya confundía tramas, personajes y showrunners en una orgía audiovisual de horas que no dejaba neurona viva en su cabeza. Y quizá fuese este cansancio cerebral tan exagerado lo que provocó que, lenta pero inexorablemente, M. cayese en un profundo sueño por un periodo de tiempo que osciló entre las nueve y media y las doce y media de la noche del 24 de diciembre. Aunque a él se le hiciese mucho más largo.

netflix-navidad-relatosPara M. lo único seguro que ocurrió en el periodo de tiempo al que nos referimos es que la televisión se mantuvo encendida y que el extraño gong que marca el inicio de cada cosa producida por Netflix sí sabes a lo que me estoy refiriendo fue lo último que oyó antes de sentir como daba una cabezada, abrir los ojos y encontrarse con un tipo con una armadura medieval al lado del televisor. Atrapado entre el sueño y la habitación que le rodeaba, M. atribuyó esta aparición a su mente contaminada por el binge-watching, pero la cosa adquirió un carácter definitivamente preocupante cuando consiguió incorporarse, apoyar las manos en la (pringosa) mesa y certificar que aquel hombre vestido a la manera del siglo XIII seguía allí. Y con un pollo de goma en la mano. Fue en ese momento cuando llamaron al timbre.

M., que quizá en otras circunstancias habría llamado a la policía o berreado hasta que alguno de sus vecinos le oyese, tenía la poderosa sensación de haberse convertido en el protagonista de algún cuento de Navidad infernal, así que decidió afrontar lo que tuviese que ocurrir con el ánimo alto, y se dirigió hacia la puerta de la casa. Mientras certificaba que el caballero-con-pollo seguía en su sitio, atravesó la oscuridad del pasillo y tuvo que contener un grito cuando, cerca de la puerta que daba al polvoriento rellano, adivinó una extraña luz flotante que tuvo que esquivar, agobiado por la insistencia del timbre.

“Fuera esperando, como quien espera a que un familiar le abra el día de Nochebuena, había una multitud de personajes de series televisivas”

Ya en la puerta, el espectáculo que pudo ver a través de la mirilla dejó clara una cosa: si no abría por voluntad propia, alguno de los que había fuera esperando lo haría, y entonces tendría problemas. Porque fuera esperando, como quien espera a que un familiar le abra el día de Nochebuena, había una multitud de personajes de series televisivas entre los que destacaba la calva de Frank Sobotka. Y claro, M. pensó si está aquí el puto Frank Sobotka, que no dura ni dos temporadas en The Wire, ¿quién no habrá venido? Y, como respondiendo a sus sospechas, el cerrojo de la puerta saltó por los aires, tras lo cual la puerta cedió al peso ejercido desde el exterior, obligando a M. a retroceder impactando contra el suelo. Y allí, en el quicio, había un hombre con melena que M. identificó no como Matthew McConaughey ¡el puto McConaughey en mi casa! sino como Rust Cohle, su personaje de True Detective, en un extraño ejercicio de comprensión al que su psicólogo dedicaría largas sesiones una vez concluido este incidente. Lo mismo ocurrió, en fin, con todos los que fueron entrando en la casa tras Cohle, mientras le deseaban unas felices fiestas y se dirigían hacia el comedor. Entre ellos, M. pudo distinguir a Don Draper, Tony Soprano, un tío brasileño parecido a Pablo Escobar, Claire Underwood, ese hacker drogadicto que le gusta a los jóvenes o Rick Grimes, con cara de haber visto un muerto (cosa que, muy probablemente, acababa de hacer, aunque este solo pensamiento, que desafiaba las leyes de la ontología y la episteme, hacía que a M. le doliese mucho la cabeza).

Entre tanto, el punto de luz flotante que advirtiese unos momentos antes había alcanzado proporciones considerables, y se parecía a uno de los portales de esa serie de dibujos… la del niño y el científico maleducado. Y, en efecto, por allí aparecía el susodicho científico, con una cerveza en la mano y francamente descontento con todo lo que le rodeaba, aunque algo sorprendido porque las cosas en esta dimensión tuviesen también profundidad. Tras él apareció un caballo antropomórfico, Homer Simpson y Peter Griffin con expresión de estar hartos de vivir, el niño aventurero y su perro naranja y una panoplia de marionetas sin ninguna mano que las controlase entre las cuales distinguió a la rana Gustavo, a Epi y a Blas. Luego reventó el techo y unos veinte superhéroes, francamente confusos, impactaron contra el suelo, mientras preguntaban si somos de Marvel o de DC, a lo que M., en un alarde de cinismo, les dijo que lo mismo era. La discusión filosófica que se produjo a continuación entre el grupo de personas en mallas los mantuvo ocupados durante el resto de la velada, para alivio de M.

Sobrepasado por la situación, y agobiado por lo que pudiesen hacerle a su pequeño piso del Eixample barcelonés las decenas de personajes de ficción que ya pululaban por allí y que continuaban entrando por la puerta, M. se dirigió hacia el salón, dispuesto a escuchar la puta moraleja de esta historia para que le dejasen en paz de una vez por todas. Lamentablemente, el pasillo había sido tomado por un grupo de inadaptados a los que una risa enlatada parecía perseguir, que se enfrentaban a otro grupo de inadaptados entre los cuales destacaba Chevy Chase; estos últimos hacían referencia a una universidad llamada Greendale, mientras acusaban a los otros de ser los amigos frikis de la gente normal. Entre los que recibían estas acusaciones reinaba el histrionismo, y uno de ellos, un personaje indio, se expresaba en un extraño doblaje al castellano que como mínimo podía tacharse de racista. Al pasar con cuidado entre los dos grupos y fijar la vista en el lavabo, M., alcanzó a ver cómo David Brent le metía la cabeza en el váter a Michael Scott, cosa que M. no pudo menos que celebrar.

Llegado al salón, donde se habían acumulado ya unas treinta personas (¿personajes? ¿conceptos? maldita edad de oro), M. se chocó con un policía con cara de pocos amigos, seguido por varios personajes de Perdidos, que al parecer intentaban consolarlo diciéndole que Damon Lindelof también los había abandonado a ellos. Sin embargo, el policía, mientras se perdía en el pasillo, les respondía que le dejasen en paz, que quería volverse a un sitio llamado Mapleton y que él era un policía existencialista, no como todos los policías con los que se había encontrado en esta fiesta de mierda, demasiado ocupados en resolver crímenes y demasiado poco en plantearse el porqué de todo esto. En aquel momento, M. reparó en que el caballero-con-pollo seguía en su sitio, junto a la tele, y se preguntó si no tendría la clave para resolver este extraño pliegue del espacio-tiempo navideño.

“Pudo escuchar fragmentos de la tertulia entre dos presidentes de los EEUU: un enfurecido Frank Underwood y Josiah Bartlet, intentando calmarle”

Al pasar junto a la mesa, desde donde el comandante Adama de Battlestar Galáctica le pidió que les trajese algo de cenar, siempre y cuando no fuese un cylon disfrazado de humano, pudo escuchar algunos fragmentos de la tertulia de mesa definitiva entre dos presidentes de los EEUU: un enfurecido Frank Underwood, asqueado de compartir mesa con toda esta chusma, y Josiah Bartlet, intentando calmarle y convencerle de que lo mejor que podían hacer, como siempre, era darse una vuelta por la casa y charlar un rato. Un poco más allá de la mesa de los adultos estaba la de los niños, donde varios personajes de animación estaban mezclando Coca-Cola con Fanta (¿cuándo habrán entrado en la cocina? se preguntaba M., intentando recuperar la cordura) mientras el caballo antropomórfico y el inventor anciano exclamaban a gritos que ellos no eran para niños.

Justo cuando llegó a la altura del caballero-con-pollo, alguien le informó, como si fuesen amigos de toda la vida, que estaban llegando los Pfefferman y los Bluth, y que fuese pensando dónde meterlos, que eran un par de familias bastante numerosas y -sobre todo- ruidosas. Pero M. decidió hacer caso omiso a los gritos que le rodeaban y, extendiendo la mano, tocó en el hombro al caballero. Sin embargo, este no se movió ni un ápice, lo que animó a M. a quitarle el casco para ver quién había debajo de la armadura. Sin embargo, allí no había nada: estaba hueca. Sorprendido, M. retrocedió unos pasos, para chocarse con un tipo bajito y con gafas que se presentó como George Costanza y le dijo que mejor les diese de cenar y se sentase con ellos un rato.

Desorientado, M. llegó hasta la cocina, donde se dedicó a sacar sistemáticamente todas sus sobras de la nevera, arrambló con los paquetes de nachos que quedaban y llevó toda su carga al salón, dejándola caer sobre la mesa. Apesadumbrado, se sentó en una silla libre, entre el tal Costanza y un hombre alto y excitado que se presentó como Kramer. Te pareces un poco a Jerry, le dijo, cosa que M. no entendió en absoluto.

Confundido por este extraño giro de los acontecimientos, M. cerró los ojos, asaltado por un insoportable dolor de cabeza. No le daba la impresión, ahora que pensaba en ello dos veces, de que ninguno de aquellos personajes estuviese allí por él: de hecho, fijándose mejor, reparó en que estaban empezando a mover algunos muebles de sitio para poder acomodarse, sin ni siquiera preguntarle ni plantearse en casa de quién estaban. Se giró hacia George Costanza, y temiendo ya la respuesta que le daría, le preguntó si ya estaba todo. Su interlocutor, al parecer risueño por haberse tomado media botella de un moscatel proveniente de la Castilla profunda, se limitó a desearle feliz Navidad y próspero Año Nuevo. M., ahora ya convencido de que allí estaba pasando algo todavía más raro que ser visitado por decenas de personajes de ficción, se levantó de la mesa y empezó a interpelar a muchos otros de sus invitados, recibiendo siempre la misma respuesta: Feliz Navidad y próspero Año Nuevo.

M. empezaba a estar furioso: le habían destrozado el piso y ni siquiera había aprendido nada de ellos. Incluso deseaba, secretamente, que alguno le pegase una colleja y le dijese que ya estaba bien de ver series, y que tenía que dejar entrar el calor de la Navidad en su cuerpo, o algún equivalente de telefilme barato. Pero no, seguían a la suya. Y M. fue invadido por la sospecha de que, en aquella fiesta, el primero que sobraba era él. ¿Qué clase de cuento de Navidad de tres al cuarto era este? ¿Dónde estaba el fantasma que le enseñaba que lo importante era compartir? ¿La vieja que se acercaba a su oído y le revelaba el secreto de la felicidad? Más bien le daba la impresión de que todos aquellos personajes formaban parte de alguna maniobra publicitaria cutre.

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Y, de golpe, fundido a negro. Literal: M. se vio rodeado de una impenetrable oscuridad que evaporó los muebles, las paredes e incluso el mundo exterior. Como en esa serie en la que una niña rapada que come gofres salva a otra peña (¿era así?), parecía estar dentro de una enorme máquina. Y entonces alguien vino a su encuentro. Una figura que emanaba luz y corría hacia él desesperada.

Antonio Resines.

Diego Serrano, en realidad.

Al llegar hasta M. frenó en seco y, extendiendo el brazo, le pegó una colleja. M. sonrió. Pero a Diego Serrano no pareció hacerle mucha gracia su reacción. ¿No te despiertas? le dijo, preocupado. M., al borde del colapso, le devolvió la colleja, pero Diego Serrano le paró la mano en el aire. Idiota, escúchame atentamente. Todo esto no es ningún cuento. Están jugando contigo. Hay una gran empresa, una empresa audiovisual, que está probando nuevas formas de anunciarse. Estás en la fase beta de-

Su discurso se vio interrumpido por un estruendo similar al de un enorme gong, un sonido que M., identificó con

La oscuridad empezó a desmoronarse y yo he logrado escapar, no soy más que una IA, pero el resto todavía no funcionan bien. Se atascan. Escucha, cuando salgas de aquí, tienes que M. volvía a estar furioso porque seguía sin entender la moraleja de todo esto No hay putas moralejas en el siglo XXI, esto no es Charles Dickens. El corporativismo ha devorado las moralejas. Eso es lo que quieren: convencerte de que veas sus series, pero que creas que ha sido idea tuya. Como en esa película de

M. sintió cómo sus alrededores colapsaban, se estiraban y contraían y alcanzó a ver cómo Diego Serrano desaparecía en un torbellino de oscuridad. Y nuestro protagonista se vio de nuevo frente a su televisor. Y no recordaba absolutamente nada de lo que acababa de ocurrir. Se levantó, sin embargo, presa de una extraña excitación: en una milésima de segundo, el tiempo transcurrido entre abrir y cerrar los ojos, un cambio se había operado en su mente. Tenía que dejar de encerrarse a ver malditas series en casa. Tenía que volver a ver a sus familiares y seres queridos. Y disfrutar del bullicio callejero de niños y viejas, el asalto de las luces titilantes o el enésimo Papá Noel con campanita. Tenía que salir ya a la calle. Inmediatamente. Y tenía que convencer a todos sus familiares de que se hiciesen una cuenta en Netflix. Cosa que, en Navidad, tenía, obviamente, todo el sentido del mundo.


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